El amor en tiempos del Twitter


Twitter se trata de interactuar con otras personas, y como no somos robots, desarrollamos lazos emocionales. Con algunos logramos cierta afinidad, con otros cultivamos una buena amistad, y en algunos casos —ni tan raros ni tan escasos— nace alguna relación sentimental (¡oh, el amor!). Los que pasamos tiempo en la red social conocemos varias historias de idilios y desamores de 140 caracteres. ¿Cómo se da el romance en los tiempos de Twitter?

Marshall McLuhan, uno de los teóricos más reconocidos sobre medios de comunicación, catalogaba a las tecnologías de acuerdo con su temperatura. McLuhan sostenía que había medios fríos y medios cálidos. La diferencia se encontraba en el grado de interpretación que realiza el interlocutor. Para dejarlo claro, McLuhan consideraba a la TV como cálida porque el espectador puede ver lo que sucede y no necesita complementar mucho el mensaje. En contraste, la radio es más fría, ya que sólo dispone de ciertos elementos (la voz, la entonación, el acento) y necesita hacer un esfuerzo hermenéutico mayor — como imaginar la apariencia de la persona.

Creo que es claro hacia dónde me dirijo. Twitter es una red social basada en el texto. Aunque contamos con recursos multimedia (imágenes, fotografías, vídeos), el corazón de la interacción se da mediante el intercambio de frases cortas. Lo que conocemos de una persona en Twitter es su representación textual. Lo que nos agrade o disguste dependerá, por una parte, de la capacidad del usuario para traducirse en palabras; y por el otro lado, de la interpretación que le demos a lo escrito.

¿Basta la representación textual de una persona para juzgarla por completo? Bueno, el fenómeno es más común de lo que creen. Imaginen a un estudiante que rinde un examen escrito. El profesor califica al alumno por lo que le dice la prueba. El estudiante es el examen. Veamos lo limitado de la representación: puede ser que el alumno tenga una letra indescifrable, que la extensión del papel no sea suficiente para meter todas las respuestas, o simplemente, que el chico sea incapaz de expresar lo que sabe por escrito. Al igual que ese examen, nuestra representación en Twitter está limitada por lo que nos permite hacer la tecnología.

Pero no todo es una desventaja. Ahora imaginemos que ese estudiante es una maravilloso ensayista, un maestro de la escritura. En ese caso, que el profesor le juzgue por su habilidad con el texto se convierte en una bendición. Incluso puede no saber ni jota sobre el tema, pero tener la suficiente pericia para engañar a su maestro. Esto se debe a que la tecnología limita algunos sentidos, pero potencia otros — la base del pensamiento de McLuhan, por cierto. Así, una persona que tiene dificultades para relacionarse con otros de manera presencial puede sacar a relucir su personalidad (u otras facetas suyas) gracias a sus tweets.

La representación textual permite que el usuario trascienda ciertas limitaciones de su cuerpo mediante el aprovechamiento de otras características de su ser. No hablo únicamente de cuestiones de belleza, sino también de impedimentos físicos, problemas del habla, o hasta estigmas sociales. El filósofo Don Ihde llama a esta instancia el cuerpo tecnológicamente mediado: la extensión de nuestro ser a través de nuestra relación con otras plataformas.

Aquí es donde entra el punto sobre los medios fríos de McLuhan: el usuario construido pone una parte, pero el receptor complementa. Aunque obtenemos información que nos aproxima al otro real (u otro físico, para ser más precisos), la verdad es que la distancia entre la representación y la persona sólo puede librarse mediante el encuentro en persona. Sin embargo, se amenaza con romper esta relación si existe demasiada disonancia entre la representación y la persona.

El debate sobre si los amores de Twitter (u otras plataformas en la red) deben conocerse en persona es complejo y muy antiguo. David Wong, uno de los fundadores de Cracked, lo pone en mejores palabras en uno de sus textos clásicos sobreWorld of Warcraft, allá en 2006:

Tienes a una mujer que, en la vida real, pesa 400 libras y tiene una barba gruesa. Pero tiene un corazón de oro.A miles de millas vive un tipo con tres cejas que vive en un tráiler con sus 14 gatos. En el metaverso, él vive en un palacio de piedra con sus 14 gatos mágicos voladores. Ellos se casan, la mujer mostrándose a sí misma como una bella princesa; el hombre, un guapo príncipe. ¿Qué pierden al no conocerse en carne y hueso? (…) ¿Puede alguien probar que su matrimonio es menos “real” que los que tenemos ahora? (…) ¿Acaso no la princesa simbólica con su piel hermosa y su cabello rubio representan con mayor precisión la amabilidad de esta mujer que el cuerpo rollizo que la vida real le dio?

Aunque escrito en tono de broma, el texto de Wong refleja una duda común en las relaciones sentimentales mediadas por la tecnología. Esta pregunta se mete en el terreno ontológico, y resultaría en un debate larguísimo e infértil. Al final, Twitter ofrece la oportunidad de entablar conversaciones en un nuevo terreno, desconocido y con reglas sociales diferentes. Sí, el romance en las redes sociales se reduce un juego de máscaras, pero díganme, ¿qué interacción humana no se basa en roles y personalidades alternas?

Por: Pepe Flores

Fuente: Alt1040.com